viernes, 11 de febrero de 2011

Dos textos sobre el disfraz y la imitación (Marx y Pasternak)



"Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal."




(El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, 1852)



“Aquel hombre debía poseer un don, no necesariamente genuino. El don, que asomaba en todos su movimientos, podía ser el de la imitación. En aquella época todo el mundo imitaba a alguien. A los héroes gloriosos de la historia. A las figuras distinguidas en el frente o en los días de las revueltas en las ciudades, que habían cautivado la imaginación. A las autoridades populares más reconocidas. A los camaradas que habían triunfado. Sencillamente se imitaban.”



(El doctor Zhivago, de Borís Pasternak, 1957)


No deja de ser curioso que con un siglo de distancia ambos textos se parezcan tanto. El de Marx es acusadamente político. El de Pasternak es acusadamente literario y, sin embargo, también con lectura política. Ambos coinciden en la intención y en la observación clarividente. En las puertas del Occidente rico bullen las revueltas. Tal vez las revueltas de hoy se traten de revoluciones larvadas. Tal vez se estén ya fraguando las grandes transformaciones del mañana. Pero en el Occidente rico, ¿qué bulle salvo las contradicciones y un intento de recomposición de lo mismo de siempre? ¿Se imita Occidente a sí mismo? ¿A un tiempo pasado, a una influencia perdida, a un espacio que no acaba de situarse? Y esa imitación, ¿es un guiño, una burla, un disfraz, una huída hacia delante? Pero ya nada es igual. El mundo hierve y nuevos cocineros se aprestan a preparar sus ollas. Las hegemonías del pasado finalizaron y llegan otras nuevas. Incertidumbre para unos. Esperanza para otros. ¿Sigue siendo tiempo de máscaras y de imitaciones grotescas? Tal vez el destino de los hombres sea disfrazarse y querer ser otro. Otro personaje de la historia, otro triunfador de los que venden los media, otro que hace dinero. Lo difícil es no imitar y no ponerse disfraz alguno. Y verse el alma en cueros vivos. Aceptarse. Querer ser.

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