lunes, 1 de abril de 2013

Durmientes, en palabra de Heráclito.


(Copia moderna de una escultura clásica representando al Hermafrodita Borghese)


"Un hombre prende una luz en la noche cuando su vista se apaga; vivo, palpa la muerte mientras duerme; despierto, entra en contacto con el durmiente."

(Heráclito. Fragmentos, LIX. Ediciones Árdora)


En el sueño el hombre se encuentra lo más próximo posible al estado de no-ser. También en el éxtasis amoroso (¿será por esa razón por la que éste posee tanto de onírico?) De ordinario damos vueltas a los sueños que tenemos, en un intento deficiente y en general frustrado por desentrañarlos. Como si fueran una bola de cristal metatemporal que nos deberían dar claves sobre la manifestación de las vivencias sobre nuestras emociones y, en general, nuestra personalidad. Algunos aún esperan que le indiquen el camino ante una encrucijada. El sueño no aparta las vivencias del día, tal vez las reconduce hacia un estado de asimilación mental que sin él no existiría. Quien no durmiera se volvería loco. Pero el sueño es también una representación simbólica. El ser humano ¿vive el sueño como una antesala de la muerte? ¿ O como un ejercicio? ¿O acaso como un pulso? ¿No hay en el despertar casi siempre una sensación de alivio? Se dirá que eso sucede con las pesadillas, principalmente. Que sentimos una perturbación si nos despertamos en el tempo de los sueños placenteros. Y sin embargo, en el sueño prolifera el desgarro, la tensión, el abandono a un ritual incontrolado. Puede que el sueño sea una especie de médium del hombre, el fiel entre vida y muerte, entre presencia y ausencia. Pero también cunde en los humanos la idea de que morir será como dormir. Y esa idea de que el desarraigo definitivo nos llevará a la nada dulcemente prende en nosotros, para compensar el miedo y la angustia de la deserción. 
   


viernes, 20 de julio de 2012

Hombre versus azar, habla Czeslaw Milosz




 
“Hay que ser ciego para no ver lo trágico de la situación en que se halló la especie humana cuando concibió el deseo de hacerse dueña de su propio destino y eliminar el azar. Se postró entonces ante la Historia; y la historia es un ídolo cruel. Las órdenes que salen de sus labios son obra de astutos sacerdotes ocultos en su vientre vacío. Los ojos del ídolo están construidos de modo tal que siguen al hombre por todas partes. Nadie está jamás a cubierto de su mirada. Los amantes, en el lecho, cumplen su ritual amoroso bajo su mirada irónica. El niño juega en la arena sin saber que su vida futura ha sido sopesada e incluida en el cómputo general. Únicamente los ancianos, a quienes solo restan unos pocos días para morir, tienen cierto derecho a pretenderse más o menos libres de su poder.”

(De El pensamiento cautivo, de Czeslaw Milosz. Ediciones Tusquets, Marginales. 1981)





El texto me recuerda a 1984 de Orwell. Milosz tiene en mente el totalitarismo de la URSS, no sin razón, que en muchas direcciones ya venía reflejando lo que 1984 expone. Sin embargo el pensamiento se podría aplicar en mayor o menor medida a muchos procesos históricos. Antiguamente el azar venía bien a las castas para justificar, vía mágica y religiosa, su proteccionismo e influencia. A medida que el hombre realiza conquistas materiales y productivas el azar es cuestionado. Probablemente, siempre existirá el azar, ese margen inmenso de situaciones que ya se dan en el universo y tienen su reflejo en las sociedades. Tal vez la cuestión sea cómo armonizar el azar y lo previsible. Lo previsible, con sistemas y modelos económico y de relación social como los que están en vigor, nunca podrá ejecutarse en toda su dimensión. Como tampoco el azar será algo puro, sino el mismo elemento de justificación tradicional que permite improvisar para sus intereses a viejas y nuevas castas, viejos profetas y nuevos aprendices de brujo.

¿Es un delito o solo una audacia que los humanos pretendan ser dueños de su destino? Si esta idea, probablemente utópica, se extraviara de la mente de los hombres, sobre todo de los más hundidos, ¿qué nos quedaría para no permanecer apartados y repetir la servidumbre que en el pasado tuvimos? No podría negar que la Historia, más allá del complejo acontecer físico e ineludible, puede constituirse en ídolo, y como tal ser adorado. Un ídolo que es una ideología, reconocido a medida del control y la propiedad que exigen los nuevos sacerdotes. Pero, acaso en estos tiempos de neoliberalismo feroz, ¿no encarna el mercado una versión de la Historia con toda su crueldad? ¿No está convirtiéndose en un pulpo que exige el control de la política, el amañamiento de las leyes y el desprecio de la moral? En definitiva la configuración  en un modelo de ser humano absolutamente en consonancia con los eternos principios de la compraventa y el acatamiento sin rechistar. El pensamiento de Milosz, circunscrito en su día a la experiencia de la opresión totalitaria rusa, puede seguir abierto para los tiempos que nos tocan vivir.



sábado, 17 de marzo de 2012

Chantal Maillard nos habla del dolor




“Imposible soslayarlo. El dolor es nuestra condición. En él todos podemos reconocernos.

Y, sin embargo, es lo más absolutamente individual. Nadie se duele por otro.

Ésa es la paradoja. Nada hay más común que el grito de dolor de una carne herida; nada hay más intransferible.

¿Hace falta algún poema para decirlo? No. El grito es el lenguaje más universal. Pero tal vez haga falta para recordarlo en tiempos de sosiego. Tal vez haga falta que los sosegados lo recuerden para que los que sufren se sientan amparados. Amparados por la común condición de lo viviente.

¿Y por qué no decir el gozo, en vez del dolor? Cierto, ¿por qué no?

Tal vez porque el que goza no necesita del apoyo de otros; gozando uno se siente entero, se siente pleno y exulta, porque en el gozo no se está solo, en el gozo hemos pactado un acuerdo (transitorio) con el mundo. El dolor, en cambio, contrae.

El cobijo lo necesita el que sufre. Y no es que consuele el sufrimiento de muchos, pero sí sentirse amparados, comprendidos, com-padecidos. Es éste el trabajo de la com-pasión.

No hay poema que no se abra como una herida, escribe Derrida…”


(En la traza-Pequeña zoología poemática, de Chantal Maillard, edición del CCCB)





La condición solitaria del dolor. Acostumbrados como estamos a la normalidad de que no nos pase nada, es como si todos quisieran compartir con nosotros el gozo, el placer, la satisfacción, ese ir bien las cosas. Pero el dolor, por el contrario, suscita rechazo. No se propone el dolor como compartible. Salvo en ese grado de morbosidad aberrante que las situaciones de violencia colectiva generan: puesto que me haces sufrir, te hago sufrir (una guerra) El dolor lo queremos lejos de nosotros. Por espanto reflejo (puede pasarte a ti, oyes que te dice tu otro Yo) Por apartamiento de la incomodidad (no resulta grato sufrir las consecuencias de la proximidad del que está malherido o enfermo) Por la confusión y la impotencia que genera (qué puedo hacer para llegar al que es tocado por el dolor) Por lo que conlleva de prejuicio antiguo (es un tabú, no obstante la normalización que cierto dolor va adquiriendo en la sociedad actual) Se abandona al individuo a su propio dolor, sea cual sea la calidad y característica de éste. Y el individuo se enroca en su propio padecimiento. A mí, que estoy bien, no me llega el dolor, piensa cada afortunado. Y como mucho se gestionan las posibilidades de que el que padece pueda sobreponerse al dolor. No, no todo es tan oscuro como lo pinto. No estoy tan seguro como Chantal de que ser compadecido ayude o salve. Y sin embargo, en el dolor necesitamos sentir que nos tienden manos: manos que con una caricia se aplique otra medicina diferente, que con una mirada se nos entregue un cierto grado de energía del que carecemos, que con una presencia haya acogimiento, que con una sonrisa percibamos una esperanza. Hay poemas que también se cierran como heridas. Como las vidas. 




sábado, 10 de marzo de 2012

Símbolos del Tarot



“El hombre debe regresar hasta sus orígenes personales y raciales, y aprender de nuevo las verdades de la imaginación. Y en este trabajo le van a ayudar dos extraños maestros: el niño, quien ha entrado a medias en el mundo racional del espacio y del tiempo, y el loco, que ha escapado a medias de él. Pues solo estos dos seres están liberados, de algún modo, de la presión del remordimiento del acontecer diario y del incesante impacto de los sentidos externos que atormentan al resto de la humanidad. Estos dos tipos originales viajan ligeros, van lejos en sus solitarios viajes trayéndonos a veces una ramita brillante del Bosque de Oro por el que se han paseado.”


(Alan McGlashan, The Savage and Beautiful Country)


(Imagen del Loco, por Ciclomono)


En este mundo de interpretaciones simbólicas hay que tener sumo cuidado en no construir ni deducir ideología de él. Por esa razón me resisto a entender a qué se refiere el autor con volver al origen racial, cuando ya sabemos que nuestros orígenes son anteriores a las razas (y al concepto de las mismas) Particularmente, pienso sobre todo –si es que la idea del retorno a un origen impreciso sigue en vigor-  en el retorno al origen que debemos reconocer como vinculante por excelencia: la naturaleza, lo natural, en términos genéricos, la evolución constante de la materia, interpretación que parece que nos cuesta tanto captar. ¿Lo tenían más claro los habitantes del Paleolítico no obstante lo inmenso del mundo que se les imponía? Con tanta trayectoria ideológica, los humanos hemos perdido conciencia de nuestros orígenes, se nos dijo que estamos instalados en nuestro ombligo y que todo gira alrededor. Afortunadamente, el conocimiento punta en tantos campos objeto de investigación nos va aportando datos que nos permitirán rescatar orígenes y estados latentes que se van haciendo, cuyos nombres no serán lo más interesante sino los lazos entre especies y mundos y su comprensión. Pero del párrafo de McGlashan lo que me interesa es esa referencia a dos personajes simbólicos que de una manera u otra nos acompañan en nuestro Yo más íntimo desde que nacemos hasta el final de nuestros días. El niño, que aún nos recuerda los tiempos de la inocencia, que son los de la ausencia de responsabilidades y de compromisos, actúa reclamando de nosotros el rescate de la imaginación y de las ilusiones perdidas. El loco, ese doble y contradictorio ente del Yo, ese transgresor apetecible al que no siempre nos es dado reprimir afortunadamente, se hace presente en tantas en cuantas ocasiones estamos a borde del desastre, precisamente para quitar dramatismo a las circunstancias y proponernos un cierto caos con que apartarnos del peligro. Niño y loco se nos sortean de manera recurrente.





viernes, 24 de febrero de 2012

Sebastian Brant habla de la ingratitud



"Un necio es quien mucho anhela y no se comporta honorablemente, y causa muchas preocupaciones y fatigas a aquel al que poco quiere agradecer. Quien quiera obtener beneficio de una cosa, piense convenientemente en su espíritu que ha de contar con los costos, si es que desea vencer con honor. Muy raramente queda en su estado un caballo cansado al que se le sigue montando; un caballo dócil se torna testarudo cuando se le retiene la comida. Quien osa exigir muchas cosas al otro, sin recompensarlo, es, ciertamente, un necio. Quien no puede dar por bueno lo que se le hace por una recompensa adecuada, no debe quejarse cuando se le rechace un trabajo; hay que darle un palmetazo. Todo el que quiera disfrutar de algo, mire también de recompensarlo. La ingratitud recibe mal premio, deja la fuente sin agua. La cisterna vieja no da agua si no se vierte agua en ella. El quicio de la puerta muy pronto chirría, si no se le unta de aceite. No es digno de grandes obsequios quien no se acuerda de los pequeños; con justicia le son negadas todas las dádivas a quien no da las gracias por las pequeñas; se llama, en verdad, Sinrazón y Grosería. Todos los sabios han odiado siempre al que han conocido como ingrato."


(Sebastian Brant. La nave de los necios. Edición de Akal, 1998)





Este capítulo de La nave de los necios se titula De la ingratitud. No es precisamente un tema baladí, pues aun siendo la ingratitud tan antigua como el mundo no parece tener cura. Existe la ingratitud con los que nos dieron la vida, con quienes nos cuidaron, con aquellos que, mejor o peor, nos enseñaron mínimos para no ser unos ignorantes mientras crecimos, con cuantos tuvimos camaradería y en un momento dado nos apartamos sin explicaciones, con quienes amamos y luego desamamos, con aquellos conocimientos que más tarde desdeñamos, con la historia de nuestro país, sobre la cual sabemos tan poco y queremos saber menos para nuestra desgracia. Existe la ingratitud como forma de dejadez, como abandono, como ignorancia y como alejamiento. Todo ello converge en una actitud que nos conduce a una retrocesión y que es más bien una pérdida. Cuántas veces la ingratitud nos sitúa ante el vacío y la soledad. No reconocer lo positivo de quienes nos concedieron dones se convierte incluso en infamia. Puesto que hoy todo se mide por pragmatismos, también hay que decir que volver a recomenzar, tras haber echado por la borda tantas aportaciones, no solo implica un esfuerzo soberano sino una aberración y un riesgo. Solo señalo el defecto, no me siento validado para recomendar actitudes superadoras. A veces los hombres tienen que reaprenderlo todo.






(El primer grabado corresponde a Alberto Durero. El segundo grabado es obra del llamado Gnad-her-Meister, Tercer Maestro, de la edición de Juan Bergmann von Olpe, de 1494. El retrato de Sebastian Brant es obra también de Alberto Durero)


miércoles, 15 de febrero de 2012

Otro adagia de Wallace Stevens



“La religión depende de la fe. Pero la estética es independiente de la fe. Las posiciones relativas de ambas podrían intercambiarse. Es posible establecer la estética en la mente individual como algo inconmensurablemente más grande que la religión. Su estado actual es resultado de la dificultad de establecerla en otro sitio que la mente individual.”


(De Adagia, de Wallace Stevens, Ediciones Penísula/Edicions 62, colección Poética)




Me preocuparía que la estética estuviera sujeta a la fe. No sé si alguna vez lo estuvo. Otra cosa es que los partidarios de la fe proporcionaran un guión al artista y ajustaran sus contratos oportunos. Y sin embargo, la estética ganó siempre la partida a la fe religiosa, si bien concediendo a ésta su manera expresiva genética, digamos, y particular. Pero si lo que quiere decir Wallace Stevens es que la supremacía estética debería ser considerada por encima de la creencia religiosa y regir la mente de los hombres pienso que va en la dirección correcta. La obra estética ha desbancado siempre a los principios dogmáticos cuando se ha contemplado. Los adeptos a la religión han advertido la obra percibiendo su belleza y su propio programa por encima del guión que se desarrolla paralelamente y que protagoniza escenas hagiográficas o de apostolado. Aunque las Iglesias alardeen de que el arte es catequesis hay que reconocer que el arte se impuso no solo a la tarea difusora de la organización sino a las mismas ideas clericales. La estética ha mostrado en todo tiempo, de modo arrasador, su particular cielo. Siempre me he preguntado si de hecho no ha sido el lenguaje estético el que ha estado actualizando de manera permanente las premisas doctrinales y las narraciones impulsadas por la religión (tema aparte sería la posesión de poder y la imposición que las Iglesias han desarrollado impunemente sobre las conciencas de los hombres) Se ha constituido acaso en el verdadero garante de la transmisión y persistencia de todo el montaje de ficción religiosa, papel que no ha jugado tanto la divulgación de la doctrina en sí. Y sobre todo ha favorecido el acceso y la acogida de ésta. Justo donde la fe no llega jamás, llega la estética. Eso explica que a los que no observan religión ni doctrina alguna les pueda seducir la obra de arte concentrada en las iglesias o sobre tema religioso o recogida en los museos. Porque donde la religión fracasa en su pretendida llamada ética, ya que lo que defiende no es sino ideología para controlar la sociedad y en esa tarea se traiciona a sí misma, la estética se manifiesta con vocación vinculante y luminosa. La estética y la moral van de la mano. Hace siglos que la estética navegó por océanos donde la fe naufragaba, abriendo nuevas perspectivas. Paralelamente, la ciencia, que tiene mucho de estética, también lo hacía. Si la política y la sociedad fueran algún día capaz de escucharlas, la dimensión del género humano cambiaría sustancialmente en el orden de su conducta. Mientras el proceso avanza, la mente individual resulta un lugar libre y acogedor para seguir garantizando la pervivencia honesta e imaginativa del concepto estético.  


martes, 7 de febrero de 2012

Aún aprendo, que decía Goya

(Aún aprendo, dibujo de Goya de sus últimos años)


“Hay algo extraño en los logros de la edad avanzada en algunos hombres de genio. Cuando llegan a una edad en la cual otros se atrincheran de un contacto con el mundo que llama seductoramente y viven en conformidad con el gradual debilitamiento de los órganos de los sentidos y de la memoria, algunos genios irrumpen violentamente con creaciones que en ocasiones sobrepasan todo lo que entonces han creado, como si la vecindad de la muerte les liberase de una inhibición y entonces pudiesen decir y expresar algo que han llevado en ellos durante toda su vida…estas obras de liberación final son por ejemplo los últimos cuartetos de Beethoven, las últimas pinturas de Tiziano, los últimos autorretratos de Rembrandt, la segunda parte del Fausto de Goethe y los Años de peregrinación de Wilhem Meister y probablemente también el último libro de Freud sobre Moisés. Estas liberaciones finales son estupendas por el horizonte y la amplitud de sus síntesis.”


(Kurt R. Eissler, de la introducción a su estudio sobre los dibujos de El Diluvio, de Leonardo da Vinci)




(Imagen de Peter Birkhauser)


Tal vez sea una interpretación excesivamente psicoanalítica, y hoy se valoraría el fenómeno a la luz de otras ciencias. Pero la meditación no creo que deba quedar únicamente para el papel de los grandes genios en su edad avanzada. Sino que podría ser aplicable a todos aquellos individuos que, sin haber alcanzado el estrellato, han estado ejercitando sin vacilar un trabajo creativo continuo. Y eso lleva a reflexionar sobre el don de la actividad de creación. Una actividad que está siempre en pugna, que no se limita a la monotonía, que necesita el acicate de ir siempre un poco más allá. Es decir que la misma insatisfacción, vinculada a la conciencia de que ejercitar proporciona resultados en la búsqueda, forma un equilibrio suficientemente razonable que rescata energía constantemente, en lugar de rendirse al cansancio que suele conllevar el desánimo. Por supuesto, la actividad, más o menos desarrollada, viene de atrás en la vida de un individuo.

Traemos un bagaje desde nuestros aprendizajes primarios. La acción creativa es siempre indagadora y prospectar sin rendición supone el acicate que va a generar un esfuerzo soportable. Lo que se indaga exige una forma de expresión. El que estudia necesita llegar a conclusiones y exponerlas. El escritor precisa evolucionar y hacer avanzar el juego de sus palabras. El que pinta se exige explorar nuevos dominios de formas, de colores, de simbolismos.

Que grandes artistas  -Goya o Picasso o Casals son otros paradigmas de la edad provecta no vencida y sí enormemente generadora-  nos hayan aportado obras de talla en sus últimos años no deja de ser sino un modelo que al común de los mortales nos debe tentar. No sé si es la proximidad del fin lo que agita el interior de un artista. Tal vez sea el alto nivel de exigencia y la obsesión de pensar en su fuero interno que pueden llegar a más. Esto es noble, y solo cada cual sabe el reto que se plantea y mide la capacidad para ejecutarlo. Final de cuento moral: jamás deberíamos resignarnos por las buenas no solo a dejar de vivir, sino sobre todo a no cesar de expresar la única vida que poseemos. Y ésta suele ser compleja, desafiante, rica y, en tantos casos, propia de demiurgos.  

lunes, 30 de enero de 2012

Cuando Viktor Shklovski lo veía venir


“ En las descripciones de H.G.Wells, se ve claramente que las cosas gobiernan al hombre, y no al revés.
   Los objetos transforman al hombre; especialmente las máquinas.
   Hoy en día, el hombre solo sabe ponerlas en marcha, y después siguen funcionando solas. Se mueven, avanzan y aplastan al hombre. En el campo de la ciencia, la situación es aún más seria.
   La certidumbre intelectual y la certidumbre de la naturaleza se han disipado.
   Una vez hubo conceptos tales como arriba y abajo, el tiempo, la materia.
   Ahora no hay nada. En el mundo de hoy, solo impera el método.
   El ser humano inventó el método.
   El método.
   El método se fue de casa, a vivir por su cuenta.
   Hemos descubierto el manjar de los dioses, pero no nos lo comemos.
   Las cosas, y entre ellas, las más complicadas del todo, que son las ciencias, andan sueltas y desatadas por el  mundo.
   ¿Cómo conseguiremos que trabajen para nosotros?
   ¿Seguro que es necesario?
   Quizá sería mejor que construyéramos cosas inútiles e inmensas, pero siempre nuevas.”


(De Zoo o cartas de No amor, de Viktor Shklovski. Edición de Ático de los Libros)






Es un escrito de 1923 que ya anticipaba las angustias por los cambios tecnológicos y el precio humano que habría que pagar. En realidad se trata de un texto más, pues ya cundieron unos cuantos en la primera parte del siglo XX que hacían hincapié en la misma línea. Incluso Thomas Mann escribió veinte años más tarde su Doktor Faustus, incidiendo más literariamente en el tema. Quien lea un discurso como el de Shklovski de modo puramente literal puede pensar a estas alturas que es exagerado. Y sin embargo, cuanto más lo leo al pie de la letra menos necesidad tengo de pensar en metáforas o en lenguaje irónico. Me pregunto: ¿están siendo las cosas tal cual las expone el escritor ruso? Hay una parte de la crisis actual de las economías occidentales que reside en la rapiña financiera, en el desastre y caos de las teorías económicas y en la desorganización de los mercados. Amén de una actividad productivista que ha emprendido probablemente una carrera de callejón sin salida. Pero tengo la impresión de que el cambio tecnológico inagotable, la velocidad a que se desarrollan los descubrimientos técnicos y científicos, su aplicación en aras de la reducción de costos, la sustitución cada vez más frecuente de la maquinaria y su incidencia en los procesos productivos, apartando al ser humano, relegando la mano de obra, está siendo tan decisiva en la crisis social como lo fue a finales del siglo XVIII, cuando el surgimiento del maquinismo. Probablemente, el fenómeno ha sido constante, nunca se ha detenido. Entonces, cuando contemplas por un lado los altos índices de paro, sus secuelas sociales y políticas de dimensión imprevisible, los cierres de factorías, la reconcentración de estas, no dejas de pensar en que el triunfo de la máquina despoja a millones de humanos de sus posibilidades de trabajo. La pregunta del formalista ruso: ¿Cómo conseguiremos que trabajen para nosotros? Me resulta en este contexto clarividente y acertada.




miércoles, 11 de enero de 2012

Interpretar el cambio, propuesta de Günther Anders



No basta con transformar el mundo. Eso lo hacemos sin más.
Eso sucede ampliamente incluso sin nuestro concurso.
También tenemos que interpretar esa transformación.
Y precisamente para transformarla.
Para que el mundo no siga cambiando sin nosotros.
Y no se transforme al final en un mundo sin nosotros.


(Günther Anders, La obsolescencia del hombre. Editorial Pre-Textos)






Esta breve autocita que Anders coloca en su libro La obsolescencia del hombre  –un extenso, radical e incisivo tratado de antropología filosófica-  está cargada de exigencia. Tal vez, y viendo además la dimensión y proyección de su obra, es una sentencia. Es como si dijera: el hombre, a través de su realización en las sociedades más avanzadas y paradigmáticas que han existido, ha tocado fondo. Hay una materialización de la creación humana de tal magnitud y complejidad que ha adquirido carta de naturaleza por sí misma. Pero que no se piensa a sí misma y, al no hacerlo, sus leyes pueden seguir funcionando por inercia sin considerar respuestas a la existencia y a los desafíos con que se encuentra ya el individuo. La obra acumulada por la especie humana a través de sus realizaciones tecnológicas ¿va a engullir al hombre? Esta podría ser una de esas preguntas centrales que muchos damos vueltas. Y al engullirle, ¿le va a privar de su identidad y de los valores que  -más allá de ideologías-  el individuo asume en su esencia desde el principio de los tiempos como un objetivo irrenunciable? El individuo y la colectividad deben encarar una tarea de envergadura en que toda esta inmensa transformación, que parece incontrolable e infinita, vaya en la dirección en que el hombre no se sienta arrojado a las tinieblas o a la propia anulación. La materialización técnica de la humanidad parece que tiene un curso propio que no acabamos de comprender. No interpretamos ese ingente esfuerzo y esa enorme transformación, de tal modo que no sabemos si nuestra propia creación se nos escapa y actúa ya contra nosotros mismos.


jueves, 19 de mayo de 2011

Esa persiana que nos desprovee



“El tiempo: una persiana que se cierra como una guillotina impidiendo ver, impidiendo tomarle el pulso a las cosas. Nuestro tiempo es un no-tiempo que obliga a sobrepasar el ritmo, todos los ritmos, logrando vencer la gravedad de los cuerpos y su armonía. Hubo un tiempo en que vivir era mirar, despacio y en silencio.”


(De Filosofía en los días críticos. Diarios 1996-1998, por Chantal Maillard. Edición de Pre-Textos, 2001)






¿Conocimos alguna vez ese tiempo? Asalto de un ligero recuerdo, en algún hueco de la infancia, de otro ciclo, de otro lugar. Tenderse en el parqué de madera de un piso de alquiler, ventanas y balcones abiertos de par en par, tratando de que un aire circulante aligerara el ambiente cálido y detenido. La observación al alcance de la mirada inexperta. La inexperiencia como garante de la calma. La calma como sospecha de lo imaginado. Tiempo para la ficción. Para el abandono y el ensueño. Una elipse cuyo vector se desplazaba inadvertidamente. Aquella lentitud no lo era para todos, pero tenía una presencia compartida. Veíamos más. Algo diferente fue entrando en las vidas a medida que crecíamos unos, que envejecían otros. Extrañas coordinadas fueron infiltrando nuestros pequeños espacios, presionando sobre nuestras mentes, obligando a una competencia donde el tiempo innato se iba perdiendo, y la plenitud se vaciaba. Nada que ver el transcurso de los días que llegaron con el concepto antiguo. Empezamos a mirar de otra manera, a escuchar a la carrera y desconcentrados, a actuar llevados por la inercia de que cada jornada pudiera ser la última. Engaño de comernos el mundo. Empequeñecimiento. Nada hay de tiempo en esta actitud de vida, sino más bien de desgaste y acabamiento. El tiempo era una manifestación con sentido, y lo captábamos. Nos poseía y nos entregábamos dulcemente. Lo que llegó: una frágil vorágine donde la plenitud es obsesión inalcanzable. Hasta desproveernos.


viernes, 13 de mayo de 2011

El aplazamiento del saber, según Hrabal



“Para mí ya no existe ningún peligro, no tengo motivo alguno para advertir a nadie de la violencia de las dudas y de los errores cometidos, todos los consejos que recibí y ofrecí demostraron ser sólo vanidad de vanidades, cada persona, y por eso el mundo entero, no hace nada más que lanzarse de cabeza a la desgracia, y voluntariamente; pero sólo tras caer en lo más bajo se encuentra la verdadera luz. La luz in tenebris, eso sí, cuando ya es demasiado tarde. Y cuando ya es demasiado tarde, se alcanza la verdad que es siempre más que cualquier ficción. La ficción es siempre un bellísimo aplazamiento del conocimiento. Aunque la ficción es siempre más que una ideología, más que cualquier idea política. Un epílogo es siempre más bello que un prólogo lleno de esperanza. Si en la antigüedad los ancianos solían situarse en el primer plano era porque la vejez tiene al alcance de la mano la propia juventud inundada de luz…”


(Bohumil Hrabal, Quién soy yo. Traducción Monika  Zgustová, editado por Ediciones Destino Áncora y Delfín, 1992)






Una conclusión que se va intuyendo antes o después. Que por mucho que te digan  -qué dados eran los padres en nuestra infancia a cargarnos de consejos y admoniciones varias que no podíamos entender-  se vive tropezando, haciendo del error conducta y de la caída práctica consuetudinaria. La paradoja es que aprendemos, algo, gracias a esa caída. Sin tener muy claro que vaya a evitarnos la próxima. Pero esos errores, desvíos o caídas, ¿son motivados por el mundo de ficción en sí o por lo difícil que resulta vivir entre dos mundos? Necesitamos el mundo de ficción no sólo como elemento de supervivencia y de suavización de las asperezas, sino como camino más posibilista y luminoso para la indagación, el descubrimiento, el acierto. Es muy inteligente y sabia la frase de Hrabal: la ficción es siempre un bellísimo aplazamiento del conocimiento.  Paralelamente al aplazamiento se va sabiendo, pero se va usando exclusivamente el saber. La edad provecta trae consigo la sabiduría de la comprobación, y ahí reside el rejuvenecimiento del individuo. El hombre se vuelve joven al tocar ciertas zonas de verdad que se reafirman con los años. Ver el fondo, la luz en las profundidades, la transparencia de la gravedad, la pesadez de lo leve, el valor de lo imaginado. Propiedades que se muestran y colman el tiempo que va alcanzando cada ser. Pero el tiempo no es el calendario, es la manifestación. Lo que ocupa cierta claridad de conceptos, cierta consolidación de las dudas, cierto acomodo en lo intraspasable. ¿Qué tiene el epílogo de la existencia de cruda manifestación y de juego a los dados con la ficción? Respuesta aplazada.




domingo, 1 de mayo de 2011

Las cadenas del hombre



No sentir nuevas cadenas. Mientras no sentimos que dependemos de algo, nos tenemos por independientes: un razonamiento falso que muestra cuán orgulloso y ansioso de poder es el hombre. Pues admite aquí que bajo cualquier circunstancia debe advertir y reconocer, en cuanto la sufre, la dependencia, bajo el supuesto de que habitualmente vive en la independencia y, tan pronto la pierda excepcionalmente, notará un contraste del sentimiento. Pero, ¿y si fuera verdad lo contrario: que siempre vive en múltiple dependencia, pero se tiene por libre cuando por hábito prolongado ya no nota la opresión de la cadena? Sólo las cadenas nuevas le hacen sufrir: libertad de la voluntad no significa propiamente hablando nada más que no sentir nuevas cadenas.”


(Friedrich Nietzsche, El caminante y su sombra, punto 10. Edición de Editorial Gredos, Biblioteca de Grandes Pensadores, Madrid 2009)






En un día tan tradicional y simbólico como el Uno de Mayo, no está de más meditar con un pensamiento alejado del activismo de calle y de salón. Algo que va más allá de las formas y que ayuda a desentrañar fondos. Si la clave del libre albedrío reside en no percibir la gravedad de lo que nos sujeta y nos esclaviza, ¿qué esperanzas podremos concebir de llegar a ser libres? Dejar a la sensación o a su ausencia la conciencia de nuestra libertad es una vana ilusión. O rendirnos a otras fuerzas sin presentar batalla. Pero hoy sucede que todo el mundo sabe (tiene conciencia) de su condición dependiente. Como cree y acepta que es una condición sine qua non e imposible de sortear, divide su existencia entre lo inevitable y lo que piensa que es otro tiempo donde el hombre se manifiesta libre. Pero este tiempo acaso no existe, porque todo, cualquier tipo de actividad donde fluya un trueque, son cadenas. Y tiene razón Nietzsche: el hombre se ha habituado a las ataduras conocidas y sólo las nuevas le sorprenden y le desbordan. ¿No habrá destino liberador para el hombre? ¿Toda aspiración se limita a la percepción de lo vano?  




(Imágenes. Las dos primeras fotografías pertenecen al blog http://presenciadeespiritu.blogspot.com/)


 

martes, 22 de marzo de 2011

Conversando, y opina Kenko Yoshida



“Casi todo lo que se dice en las conversaciones es mentira. ¿A qué se deberá? ¿Será porque la verdad no es interesante?

Todos tendemos a exagerar cuando nos referimos a cosas de las que hemos sido testigos, pero, tratándose de hechos de los que nos separa el tiempo y el espacio, inventamos todo lo que nos viene en gana. Más tarde estos hechos, puestos por escrito, se convierten en verdades reconocidas.”


(Texto de Tsurezuregusa (Ocurrencias de un ocioso), del monje japonés Kenko Yoshida, edición de Hiperión, 2009)



Se puede afirmar que en los tiempos modernos las conversaciones han evolucionado. Acaso más en la forma que en el fondo. Siempre me he preguntado qué es lo que lleva a mantener conversaciones. ¿Se habla para encontrar la verdad entre todos? ¿Siquiera para establecer acuerdos en temas de interés común? ¿O nos limitamos a mantener posiciones con las cuales nos exhibimos, buscando refrendo y que los demás nos den la razón? En ese ejercicio de conversar hay prisa por imponer nuestros criterios. Esa prisa  lo único que demuestra es nuestra ansiedad por creer que somos portadores de razón. Equivocamos nuestros descubrimientos y aquellas incidencias subjetivas que han funcionado, relativamente, en nuestras vidas para generalizar y alardear con ellas. Como es probable que la conversación se amplíe y toque temas cuya comprobación dista mucho de haber sido tocada por nosotros, entonces hacemos ficción. Es posible que ya esa práctica sea más antigua que la que Kenko Yoshida denuncia en su Tsurezuregusa (Ocurrencias de un ocioso) hace siete siglos y pico. Sobre lo que hemos tocado de cerca desfiguramos los hechos en función de nuestros intereses y resultados. Con mayor razón tendemos a exagerar o desfigurar lo que no conocemos, a veces por estar en la onda. Acaso la influencia de la televisión nos haya conducido todavía más a estos abusos. Hay demasiados temas en el ambiente, y no sabemos canalizar una indagación sobre ellos. ¿Debemos entrar al trapo solo por lo que se nos pinta en un boletín de noticias o en un programa de opinión dirigida? ¿No sería mejor callar si no sabemos? Es triste que las verdades reconocidas surjan de la invención y no de la comprobación. Más triste resulta que indagar y recabar la verdad no nos interese. El mundo sigue siendo muy intrincado y denso para la fragilidad de los humanos. Si el hombre quisiera ser fuerte comulgaría más con la prudencia y menos con el compromiso formal. Así estamos.




La imagen fotográfica superior es de http://presenciadeespiritu.blogspot.com/





domingo, 6 de marzo de 2011

La extensión en Miguel Espinosa




“Para muchos, la extensión es repetición: los mismos átomos producen las mismas cosas; por consiguiente, la novedad no existe. Para otros, en especial para los niños, la extensión es acaecimiento; nada se repite, la novedad rige el mundo. Entre los primeros se hallan algunos filósofos y reflexivos, los desengañados, los cansados y muchos suicidas; entre los segundos, amén de los niños, los poetas, los viajeros en lejanas tierras y los narradores de cosas fabulosas. Mas no sólo estos necesitan ver el mundo como constantemente nuevo y acaeciente. También los pacientes investigadores de las causas naturales que mueven lo movible, los capaces de razonar sus creencias, los que poseen convicciones, como diría Aristóteles, precisan de aquella disposición. La aventura de indagar en los hechos requiere entusiasmo y atracción hacia la apariencia. En su vejez, el astrónomo Hiparco manifestaba: Si mi conciencia no hubiera valorado el universo como algo sumamente interesante, conservando siempre la tendencia que durante la niñez me movió a poseer lo extenso, recorrer la longitud y conocer lo lejano, no habría medido la distancia del Sol a la Tierra.

La novedad, extensión y misterio del mundo es algo que reside en nosotros, y que, por así expresarlo, prolonga el ser de la infancia”.




(Del libro Asklepios, de Miguel Espinosa. Edición de Siruela, 2005)





Percibir esa extensión que se trae de la infancia. Vivir sin renunciar a explorarla. Riesgo de dispersión en la búsqueda. ¿Quién dijo que se aburría? De niño solitario, los juguetes y los tebeos no suplían, sino que complementaban. Hacían crecer diálogos, facilitaban indagaciones, procuraban hasta pequeños o profundos morbos. No hay nunca repetición, los átomos producen más elementos novedosos de los que se piensa. La dinámica nunca es singular, ni anodina. La vida humana recaba precisamente una complejidad que dista de la monotonía. Quien de adulto se limita a la uniformidad y el quietismo es que ha renunciado a la identidad del niño interior y permanente que le sigue pidiendo que inquiera y rastree. La extensión cubre todo el tiempo que se vive. Cierto que éste a su vez está condicionado por las limitaciones del cuerpo. Pero incluso con el recuerdo se transciende. Los ancianos siguen teniendo un proceso de prospección interior. La tendencia a comprender cada capítulo de la vida es ya bastante para justificarla. Los que han salido de sí para comprender lo exterior también han seguido viviendo en ellos mismos. 


domingo, 27 de febrero de 2011

Kim Thúy y su memoria





“De pequeña, creía que la guerra y la paz eran dos antónimos. Y, sin embargo, viví en paz mientras que el Vietnam ardía, y sólo trabé conocimiento con la guerra después de que el Vietnam hubiese guardado sus armas. Creo que la guerra y la paz son, de hecho, amigas y que se burlan de nosotros. Nos tratan como enemigos cuando les place, cuando les conviene, sin preocuparse por la definición o el papel que les damos. Tal vez no debamos confiar en la apariencia de la una o la otra para elegir la dirección de nuestra mirada. Tuve la suerte de tener unos padres que pudieron preservar su mirada, no importa el color del tiempo, del momento. Mi madre me recitaba a menudo el proverbio que estaba escrito en la pizarra de su octavo año, en Saigón: La vida es un combate donde la tristeza acarrea la derrota.”



(De la novela Ru, de Kim Thúy, editada por Alfaguara en 2010)








Guerra y paz. Un elemento más de los opuestos que son complementarios. Antónimos que se atraen y se repelen en función de oscuros designios que las gentes no establecen pero que se ven obligadas a acatar.  Kim Thúy los percibió como aliados en una suerte que se volvió contra ella y su familia. Evidentemente, hay posiciones dentro de la sociedad; no todos los individuos padecen del mismo modo en un tiempo o en el otro. Los que vivieron bien en la paz anterior a la guerra e incluso en la guerra no pueden asimilar la dureza que viene si la perdieron. La ira de los vencedores se ceba en ellos. Más terrible puede ser el caso de aquellos que sufrieron antes y durante y lo siguen pasando mal tras las contiendas, si es que sobreviven a éstas. En ese pulso paz/ guerra en que ésta toma el relevo los individuos se convierten en más masa bruta y manipulable que nunca. ¿Cómo desviar la mirada de lo real e inmediato? ¿Cómo mantener una mirada que no se vea afectada totalmente, ni anulada ni ciega? ¿Reteniendo la memoria del pasado feliz? ¿Sosteniendo el ejercicio de la imaginación? ¿Cómo hacer casar ensueño con dura realidad? ¿Cómo desgravar lo que cae onerosamente y sin piedad? Sin ponernos en la tesitura extrema de lo que la autora vietnamita de esa sorprendente y afilada novela testimonio relata, deberíamos reflexionar y prospectar sobre la frase indicada:  La vida es un combate donde la tristeza acarrea la derrota. Simplemente porque en cada día de nuestro tiempo de paz también nos espera el límite.


jueves, 24 de febrero de 2011

Aprovecha el consejo de Vergílio Ferreira



“Aprovecha la vida mientras sea vida dentro de ti. Aprovecha tu cuerpo mientras seas tú quien vive en él. Aprovecha. Primero tienes más espíritu que cuerpo y dentro de ti hay una convulsión de ideas, una agitación insufrible de proyectos, decisiones, descubrimientos. Después la convulsión se mitiga y empiezas a vivir de las ideas recabadas. Después, poco a poco, vas perdiendo esas ideas o las vas olvidando por tus desvanes. Después, apenas quedan una o dos con las que te vas gobernando. Hasta que por fin, te quedarás solo con la carcasa de tu cuerpo, sin nada en el interior, mientras las normas municipales esperan a que abrevie para poderlo tirar a la fosa. Aprovecha tu cuerpo mientras estés dentro de él. Aprovecha mientras estás.”


(De Pensar, de Vergílio Ferreira, párrafo 279. Edición de Acantilado, 2006)





¿Y si te resistes? ¿Y si no aceptas lo que parece ser un proceso natural en los seres humanos? ¿Y si te esfuerzas para romper un poco al menos los esquemas hasta que se cumpla la sentencia? ¿Y si no se cumple nunca la sentencia? En algún apartado de ella, siquiera en el último período de esa vida que puede llegar, acaso te consumas. Pero esa realidad aparente ¿será tal cual la describe Ferreira? La reflexión es suficientemente empírica como para tomarla en consideración, pero ¿y si eres uno de esos que rompen la norma? ¿De los que han pactado secretos acuerdos con las fuerzas del mal para disponer de una porción de energía que permita no ser solo un tirado en un rincón del asilo? Pero no te hagas ilusiones. No se debe a la mera voluntariedad la prolongación de tu fuerza. Te hablan de la calidad de vida y te suena más a montaje de mercado. No sabes si las fuerzas te van a limitar pronto o te van a acompañar hasta un extremo temporal. Por eso mismo, porque no tienes certeza ni siquiera certidumbre sobre las posibilidades de tu vida, sabes que al escritor le acompaña la razón. Que usa toda la carga de una observación plena de valor a través de los siglos para advertirte. Que es benévolo en su consejo. Que es audaz en la recomendación. Que es preciso en el estímulo del verbo. Aprovecha, pues.



La imagen está bajada del blog Presencia de espíritu   http://presenciadeespiritu.blogspot.com


lunes, 21 de febrero de 2011

Wallace Stevens y su adagio Metáfora


“No existe cosa tal como una metáfora de una metáfora. Uno no avanza por medio de metáforas. Así, la realidad es el elemento indispensable de cada metáfora. Cuando digo que el hombre es un dios, es muy fácil comprender que si también digo que un dios es alguna cosa, dios se ha convertido en realidad.”

(De Adagia, de Wallace Stevens. Edición de Ediciones Península, 1987)



Una careta, un reflejo, una sombra, un endulzamiento. Cualquier cosa puede ser una metáfora. Pero la humanidad se acostumbró pronto a tomar la metáfora como la realidad. He ahí lo del dios. Insuficiente, obviamente. La metáfora sirve para desvirtuar lo real, y también para reconducir la realidad en otra dimensión. La metáfora edulcora, pero lo que se toma no es la metáfora sino la realidad descarnada. Gusto por utilizar la metáfora de lo relativo. Disgusto por convertir la metáfora en metáfora y envenenar el corazón de las almas.



La fotografía superior está extraída de http://joachimmalikverlag.blogspot.com. En la fotografía inferior Wallace Stevens.



sábado, 19 de febrero de 2011

La sombra colaboradora y Alejandra Pizarnik




"Empecemos por decir que Sombra había muerto. ¿Sabía Sombra que Sombra había muerto? Indudablemente. Sombra y ella fueron consocias durante años. Sombra fue su única albacea, su única amiga y la única que vistió luto por Sombra. Sombra no estaba tan terriblemente afligida por el triste suceso y el día del entierro lo solemnizó con un banquete.
Sombra no borró el nombra de Sombra. La casa de comercio se conocía bajo la razón social Sombra y Sombra. Algunas veces los clientes nuevos llamaban Sombra a Sombra; pero Sombra atendía por ambos nombres, como si ella, Sombra, fuese en efecto Sombra, quien había muerto."


(El entendimiento, de Textos de sombra, recogido en el libro Poesía completa, de Alejandra Pizarnik. Edición de Lumen, 2.000)







Quién es quién a lo largo de la vida es uno de los mayores desafíos. Quién puede obrar de una manera y el otro Quién puede obrar de otra. Y a la inversa, si es preciso. Si se necesitan porque en ocasiones están cansados de su rol respectivo, o porque uno no alcanza a lograr lo que el otro podría, alternan sus facultades y sus decisiones. Uno es el otro. No es que uno se haga pasar por el otro. Nunca se sabrá cuándo se trata de una diversión o de una urgencia intercambiar el Ser del uno por el Ser del otro. ¿Y si el Ser no es único? Hasta ahora creíamos que al morir uno se muere su sombra. Y Alejandra lo tiene claro. Porque suele ocurrir que la sombra del sujeto permanece a pesar de que el sujeto esté bajo tierra o disfrutando de las etéreas praderas. Muchos que han conocido a ese sujeto o bien a su sombra suelen comentar: qué larga mano tiene después de muerto. Es una manera muy categórica y autoritaria de indicar que realmente ha sobrevivido su sombra. ¿De verdad cabe pensar que sólo es una metáfora? La sombra de la historia es densa, la sombra del padre es larga, la sombra del miedo es insuperable, la sombra del dolor es constante…suele decirse. Por no ignorar las expresiones el poder en la sombra o a la sombra del poder. Tantas propiedades de la Sombra empalidecerían de vergüenza al Sujeto finito. Y las gentes se confunden como si éste perviviera. Podría haberme evitado esta perorata, ya que Alejandra Pizarnik lo dice con más exactitud y gracejo.



(La fotografía superior es del blog http://joachimmalikverlag.blogspot.com)   


lunes, 14 de febrero de 2011

Sogatira. Cioran.




"El hombre se halla en algún lugar entre el ser y el no-ser, entre dos ficciones."


(Ese maldito yo, de E.M.Cioran. Edición de Tusquets, 1987)



Al menos el hombre se siente en un espacio. Si se desprovee de las apariencias ese espacio es el vacío. Es el actor protagonista de un mero ejercicio dinámico. Como en la sogatira, el hombre es ese punto de máxima tirantez que las dos fuerzas opuestas llevan a la máxima tensión. Puede adornarse para determinar su visibilidad, pero no puede evitar lo profundo: esa tensión que le atrae o le  repele hacia uno de los dos extremos. No hay un punto fijo ni estable. Como mucho hay una referencia, y nunca absolutamente clara. El hombre se debate con el vacío de manera constante. Es sorprendente que precisamente lo que ocupe el vacío del hombre sea la ficción. Cuando cree ser edifica un mundo de significados y significantes a los que les otorga incluso carácter sagrado. Se refugia en ellos y lucha por ellos. Una realidad cargada de respuestas irreales, aunque posibles, que le permitan sobrevivir. Cuando duda y no se encuentra satisfecho con esa zona de la soga se abandona a la conciencia del vacío. Sufre porque sabe que todo es posible pero nada se garantiza que sea realizable. A veces, para conjurar tal conciencia se entrega o al mundo onírico o al mundo sublimado de la imaginación. El punto de máxima presión se reconoce así durante todo el tiempo que dure el juego. Soportando alineamientos en un sentido u otro. El punto de presión puede ser también un punto de ignición, donde prende el riesgo de la supervivencia. Y llegado el momento el hombre se encarna en el punto de rotura. No soporta más las ficciones de las dos máscaras de la existencia. Es cuando bajo el vacío que ha sorteado durante su temporalidad se convierte en la nada. Fin del juego. Ni vencedores ni vencidos. O sí, acaso la ficción.



viernes, 11 de febrero de 2011

Dos textos sobre el disfraz y la imitación (Marx y Pasternak)



"Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal."




(El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, 1852)



“Aquel hombre debía poseer un don, no necesariamente genuino. El don, que asomaba en todos su movimientos, podía ser el de la imitación. En aquella época todo el mundo imitaba a alguien. A los héroes gloriosos de la historia. A las figuras distinguidas en el frente o en los días de las revueltas en las ciudades, que habían cautivado la imaginación. A las autoridades populares más reconocidas. A los camaradas que habían triunfado. Sencillamente se imitaban.”



(El doctor Zhivago, de Borís Pasternak, 1957)


No deja de ser curioso que con un siglo de distancia ambos textos se parezcan tanto. El de Marx es acusadamente político. El de Pasternak es acusadamente literario y, sin embargo, también con lectura política. Ambos coinciden en la intención y en la observación clarividente. En las puertas del Occidente rico bullen las revueltas. Tal vez las revueltas de hoy se traten de revoluciones larvadas. Tal vez se estén ya fraguando las grandes transformaciones del mañana. Pero en el Occidente rico, ¿qué bulle salvo las contradicciones y un intento de recomposición de lo mismo de siempre? ¿Se imita Occidente a sí mismo? ¿A un tiempo pasado, a una influencia perdida, a un espacio que no acaba de situarse? Y esa imitación, ¿es un guiño, una burla, un disfraz, una huída hacia delante? Pero ya nada es igual. El mundo hierve y nuevos cocineros se aprestan a preparar sus ollas. Las hegemonías del pasado finalizaron y llegan otras nuevas. Incertidumbre para unos. Esperanza para otros. ¿Sigue siendo tiempo de máscaras y de imitaciones grotescas? Tal vez el destino de los hombres sea disfrazarse y querer ser otro. Otro personaje de la historia, otro triunfador de los que venden los media, otro que hace dinero. Lo difícil es no imitar y no ponerse disfraz alguno. Y verse el alma en cueros vivos. Aceptarse. Querer ser.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Incierta presencia del planeta (Starobinski)



“Dedicamos hoy nuestra atención al destino del planeta entero, cuando nuestra preocupación por Europa persiste y cambia una vez más de  naturaleza. Pero ¿podemos recurrir a un pasado mundial común? Tendríamos que remontarnos a la invención del fuego…El orden del mundo está por hacer, no por rehacer. No es un legado que haya que volver a encontrar, es por entero tarea nuestra. Pueden ser construidas tantas cosas, y sin embargo tantos valores a los que estamos vinculados amenazan con degradarse. Naturalmente, hubo, a varios milenios de distancia, un mundo de civilizaciones meso-orientales y mediterráneas, como hubo un mundo americano precolombino. Su conocimiento es muy valioso por más de  una razón, pero ¿nos ofrecerá éste los medios que necesitamos para entrar en el mundo del siglo que viene? Tras la guerra de 1914, Paul Valéry evocaba los nombres de Susa y Persépolis, como prueba de que las civilizaciones son mortales y que las naciones de Europa podrían conocer el mismo destino.”


(Jean Starobinski, Incierta presencia, 1996, recuperado e incluído por Cuatro Ediciones en 1999 bajo el título de Razones del cuerpo)



No hay paraísos perdidos ni hubo jamás mundo feliz. Ni siquiera el mundo del pasado lo era de certezas. Mucho menos de plenitudes. Esa idea tan extendida común y equívocamente que se expresa como hay que recuperar la tierra o los valores o el sistema de vivir primigenio o la paz o el comunismo primitivo desfigura y desmoviliza. La expresión de los sistemas de organización, de obtención de bienes y de vida social probablemente nunca fue la misma y a la vez para unas y otras zonas del planeta. Al menos, no desde el nacimiento de la agricultura, de la ganadería y de las ciudades. ¿Y hasta qué punto en el paleolítico o en el eneolítico pudo haber una extensión generalizada de usos y costumbres? Es algo que los avances rápidos de la arqueología y la antropología lo aclarará no tardando mucho. Pero no se trata de invocar el pasado lejano y utópico (en el sentido de ficticio e inexistente) como respuesta al presente y menos a lo venidero. No es en la dirección de restaurar nada hacia donde hay que dirigirse. El problema fundamental del planeta, su degeneración y factible destrucción, se ha agudizado tanto que es cuestión de vida o muerte el encararlo. La demografía y el reparto injusto y desigual de la riqueza  -lo que supone el mantenimiento de un sistema de producción y distribución contradictorio y anquilosado en sus propia fijación por la obtención del beneficio a cualquier precio-  agravan y condicionan la conservación en el futuro de un ámbito donde vivir. Algo que se sabe y no se niega, pero sobre lo que no se toman medidas efectivas y no pasa sino de declaraciones de principios. Nadie previó un mundo tan habitado y depredado por nuestra especie. Nada fue escrito en el pasado y Nostradamus es una patraña. La cólera y el riesgo de la Tierra ha surgido fundamentalmente de los humanos y se ha precipitado en poco tiempo. El futuro, como dice Starobinski, está pendiente de hacerse. Y hay que levantarlo de forma nueva y con participación global. Acaso sin modelos, pero con referencias. En ese sentido, el conocimiento de las sociedades pasadas sirve para no repetir errores y conocer más el alma humana colectiva. Pero por sí mismo no proporciona herramientas de construcción y consolidación. Como mucho, de rectificación. No perderse en añoranzas de mundos inexistentes. Afrontar lo real y hacerlo de manera contundente e impostergable es la consigna para la supervivencia.