viernes, 28 de enero de 2011

Albert Camus: Sísifo, proletario de los dioses (sobre el mito)



"Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de las manos de su vencedor.

Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo insepulto en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver el rostro de este mundo, a gustar del agua y del sol, de las piedras cálidas y del mar, ya no quiso volver a la sombra infernal.Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca.

Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su miserable condición: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevarla. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen de s reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desmesurada: «A pesar de tantas pruebas, mi  avanzada edad y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien». El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la felicidad. «¡Eh, cómo! ¿Por caminos tan estrechos...?». Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. «Juzgo que todo está bien», dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres.

Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo súbitamente devuelto a su silencio se elevan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice  sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso."


(El mito de Sísifo, de Albert Camus. Extraído de la edición de 1988 del libro publicado por Alianza/Losada)




Disculpad que reproduzca el texto entero de Albert Camus y parezca largo. Pero veréis que no se hace aburrido, no tiene pérdida cada palabra y cada frase. Es tan exacto, tan incisivo, tan clarividente, tan hermoso que debería quedar sin comentarios. Todo lo que uno dijera después, lo va a decir peor e imprecisamente. Pero un alma bárbara se resiste a no hilar unas pequeñas reflexiones. En el mito está todo, y Camus lo capta a fondo. La desobediencia a los dioses, el desafío a la muerte, la huída del dolor, la persecución de los goces de la vida, la condena…Un héroe absurdo. Todos somos héroes absurdos. O simplemente pringados absurdos. Persecución absurda de estabilidad, de bienes, de reconocimiento, de felicidad, de saber. Pero el límite es la condena. Rotamos esos objetivos del absurdo y nos significamos en un andar y desandar el camino. Lo llamamos altibajos, ciclos, euforias y caídas, suertes buenas y malas suertes. Una manera eufemística de justificar el destino humano. Un estilo de consolarnos al sentirnos embarcados y partícipes todos y cada uno de los individuos que pueblan el mundo. Pero si los momentos de ascenso de la vida nos llenan de euforia, las rachas de reflujo nos apesadumbran, pero…hay algo más. Nos hacen ser conscientes de lo que somos. No sé hasta qué punto cada ser humano percibe el significado de la caída en toda su dimensión. Pero su caída es su condición. Camus dice que la conciencia de esa condición es lo trágico (ay, qué rayo lógico el de los griegos clásicos) Pero esa es precisamente la tesitura que le refuerza y le puede permitir vencer. No hay destino que no se venza con el desprecio, dice Camus. ¿Estoicismo natural? ¿Resistencia pacífica? ¿Pertrecho moral? Demasiado rico el texto camusiano. Disfrutadlo con calma, pues.




Imagen. Se trata de un fotomontaje de la alemana Grete Stern.

4 comentarios:

  1. Pese a que algunas de las ideas camusianas de este texto nos las comparto, pienso que es un relato que no se acaba en una primera, segunda y tercera lectura. La imagen arquetípica de la caída es compleja. Y el modo en que se toma conciencia de ésta aún más. La aceptación de lo dado sigue siendo compleja igualmente, pese a que pueda evitar caídas. Porque ¿qué es lo que nos es dado?
    No puedo evitar trasladar las palabras de Camus al presente. Hay mucha resistencia, la risa es la primera, pero ¿basta? ¿Por qué hemos de estar condenados a la absurda tarea diaria? ¿Quién lo decide? El destino ha sido sustituido por el sistema.
    Saludos

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  2. Esto para mí constituye lo mejor de la obra literario-filosófica de Camus.

    Ha sido todo un placer descubrir este blog y leer esta entrada, que en absoluto se me ha hecho larga.

    Cordiales saludos.

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  3. Apabullante, Ataúlfa. Pero a mi Camus me parece que da tan en la diana, pase el tiempo que pase. El tema de la tarea diaria -que probablemente no sea sólamente el trabajo, aunque para algunos nos haya resultado siempre un suplicio- es algo recurrente, a la que difícilmente se escapa. Salvo que se viva corriendo, de acá para allá, probando y cambiando permanentemente. ¿Huídas hacia adelante? Pero es todo. Es como si al habitar un sistema nos viéramos obligados a funcionar bajo un esquema. ¿El destino es el sistema? Siempre ha habido un sistema y el destino individual y colectivo no ha podido escapar nunca de él. Ahora bien, eso no quiere decir que haya que renunciar a resistencias, activas y pasivas, a buscar el agujero, a lanzar alternativas.

    La translación de Camus del viejo mito es muy útil, además de muy inquisitiva y muy bellamente expuesta. Mira, el texto lo tenía olvidado, hacía tantos años que no lo releía. Cogí el librito y me sorprendí de que estuviera lleno de punteos, subrayados y enmarcaciones de mi mano. Y ahora, la lectura ha tenido todavía más calado. Desde luego, no me considero quién para modificar un ápice de su incisivo análisis.

    Hay tanto Camus que releer, si es que antes se ha leído, cosa que dudo. En este país nuestro se ha leído poco y mal, y algunos consideran textos como éste lecturas de juventud. Caray, yo no lo entendía en mi juventud. ¡Me llega ahora!

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  4. Gracias, RAFAEL. Pero toda la obra de Camus es importante. "La peste" o "El extranjero" no tienen pérdida. Y sus ensayos (los de "El hombre rebelde" o estos de "El mito de Sísifo", por ejemplo, son cruciales) Pero a mi me llegó especialmente su obra "La caída", es una herramienta, un arma, un explosivo de nuestras almas.

    Pásate por ellas. El mundo se ve después de otra manera.

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